Antisemitismo: medios y redes. Del discurso mediático a los ecos de la literatura

27/Feb/2026

Semanario Hebreo Jai- por Janet Rudman

 

 

Este es el título de la conferencia realizada por CUECAD (Centro Uruguayo de Estudios contra el Antisemitismo y la Desinformación) durante el reciente 23º Festival de Cine Judío de Punta del Este. La misma contó con las ponencias de Álvaro Ahunchain y Janet Rudman. CUECAD surgió y cuenta con el apoyo del CCIU. En la foto: Álvaro Ahunchain, Janet Rudman y Ricardo Randazzo. Crédito foto: Sergio Rezzano, gentileza de la organización del Festival.

 

En este artículo reunimos aportes de dos miradas: los apuntes de Álvaro Ahunchain sobre antisemitismo y mi mirada acerca del antisemitismo que no se ve en la literatura.

 

Un agradecimiento muy especial a Fernando Goldsman y al Jewish Film Festival, que se realizó por 23ª vez y le dio a CUECAD —el Centro Uruguayo de Estudios contra el Antisemitismo y la Desinformación— la posibilidad de llevar adelante la conferencia “Antisemitismo: medios y redes. Del discurso mediático a los ecos de la literatura”, en la que participaron Álvaro Ahunchain y Janet Rudman.

 

Apuntes de Alvaro  Ahunchain

 

Judeofobia o antisemitismo

 

En 1879, Wilhelm Marr acuñó el término antisemitismo. No dirigía su rechazo a la religión judía, sino a los judíos como grupo humano. Pocos años después, en 1883, León Pinsker propuso una definición más precisa: judeofobia. Señaló la diferencia entre el sufijo que indica temor y el que expresa odio —de claustrofobia (miedo al encierro) a xenofobia (odio al extranjero)— para subrayar que no se trata de miedo, sino de hostilidad activa.

 

La judeofobia es, probablemente, el odio más antiguo de la historia: más de dos milenios y medio de persistencia. Nacida y desarrollada principalmente en Europa, se expandió desde el siglo XIII por Inglaterra, Francia, España, Hungría, Austria, Alemania, Lituania y Portugal, proyectándose luego al resto de Europa, Estados Unidos, América Latina e incluso Japón.

 

  1. Desarrollo histórico

 

La judeofobia hunde sus raíces en el helenismo y el cristianismo primitivo. En el siglo III a.C., aunque Alejandro Magno fue favorable a los judíos, algunos de sus historiadores tergiversaron el Éxodo —símbolo de libertad— y lo presentaron como una “expulsión de indeseables”. En el siglo I a.C., autores como Damócrito y Apión difundieron acusaciones atroces, anticipando los libelos posteriores. El intento de helenización forzada derivó en persecuciones y en la Rebelión Macabea (165 a.C.), origen de Jánuca.

 

Pensadores romanos como Tácito, Cicerón y Séneca consolidaron la imagen del judío como “pueblo malvado”, injertando ese prejuicio en la conciencia europea. Con el cristianismo, el odio adquirió un ropaje teológico: el Evangelio de Juan habla de “hijos del diablo”; Mateo incluye la frase “caiga su sangre sobre nosotros”; el gnosticismo los asocia al mal cósmico. La acusación de deicidio —ignorando que la crucifixión fue un castigo romano (INRI: Jesucristo Nazareno, Rey de los Judíos)— se volvió eje doctrinal. En 407, Juan Crisóstomo afirmó que matar a Cristo era peor que cualquier otro crimen. Recién en 1965, el Concilio Vaticano II exculpó oficialmente a los judíos. Como sintetizó Gustavo Perednik: “Un sendero directo une la teología del Nuevo Testamento con Auschwitz”.

 

En el mundo islámico, desde el siglo VII, también emergieron argumentos hostiles. En Yemen, la práctica ritual de arrojar piedras a niños judíos (ADA) simboliza esa persistencia cultural del desprecio.

 

La Edad Media profundizó el estigma: quemas del Talmud, conversiones forzadas, ocho grandes matanzas entre 1096 y 1348. Nacieron mitos como el libelo de sangre, la profanación de la hostia, la culpa por la Peste Negra y la figura del Judío Errante. En 1492, la expulsión de España instauró la exigencia de “ascendencia impecable”, prefigurando nociones raciales posteriores. Los guetos —término que significa “separación” y surge en Venecia en 1516— institucionalizaron el aislamiento.

 

Despojados de tierras y oficios, muchos judíos se volcaron al préstamo y la recaudación, actividades luego usadas para alimentar el estereotipo. En Rusia, bajo Iván el Terrible, se impuso el bautismo o la muerte; en el siglo XVII, Bogdan Chmielnicki masacró a decenas de miles en Ucrania.

 

La judeofobia también atravesó la cultura occidental. Desde Tomás de Aquino y Lutero hasta Voltaire, Quevedo o Dostoievski; desde Marlowe con El judío de Malta hasta Shakespeare con El mercader de Venecia, donde Shylock encarna tanto el estigma como la humanidad herida: “¿Acaso un judío no tiene ojos?”. En los juicios de Núremberg, el nazi Julius Streicher citó a Lutero en su defensa; Xavier Vallat, comisario del régimen de Vichy, invocó a Voltaire.

 

Hubo, sin embargo, momentos de distensión —con Alejandro Magno, Carlomagno, el Iluminismo o la Revolución Francesa—, aunque incluso entonces la inclusión plena fue discutida. La Asamblea Nacional francesa tardó dos años en decidir si los judíos serían beneficiarios de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. La emancipación, una vez más, no fue inmediata ni completa.

 

En 1812, en las Cortes de Cádiz, aún resonaban consignas brutales como: “Dámelo judío, dártelo quemado”. Medio siglo después, el caso Edgardo Mortara (1858) expuso hasta dónde podía llegar el fanatismo: secuestrado y bautizado por la Iglesia, fue liberado en 1870 ya como converso. La paradoja trágica llegó en 1940, cuando la invasión nazi a Bélgica volvió a imponerle su condición judía. Su historia evoca la atmósfera opresiva de La hora 25 (1949), de Constantin Virgil Gheorghiu.

 

En la Rusia zarista del siglo XIX, el lema era explícito: “Golpea al judío y salva a Rusia”. El cantonismo (desde 1821) implicó el secuestro de niños enviados a Siberia —un tercio moría en el trayecto—, y tras 1881 estallaron los pogromos. En paralelo, desde 1880 surgieron partidos judeófobos en Alemania; en 1889, Édouard Drumont fundó en Francia la Liga Antisemita. El caso Dreyfus (1894) reveló hasta qué punto el odio podía eclipsar la justicia. Como respuesta histórica, en 1897 Theodor Herzl fundó la Organización Sionista Mundial.

 

El antisemitismo también penetró universidades y movimientos ideológicos. Marx, de origen judío, tomó distancia de su pertenencia. Hubo fenómenos de auto-odio: judíos alemanes pro-nazis que terminaron en Auschwitz; secciones judías del Partido Comunista soviético luego ejecutadas; figuras como Arthur Trebitsch o incluso pensadores críticos del sionismo fueron señalados en ese debate. Stalin reemplazó al canciller judío Litvinov por Molotov para sellar su pacto con Hitler. Trotsky, también judío, rechazó la autodefensa frente a los pogromos. En la URSS, se desenmascaraba a judíos que usaban seudónimos, práctica replicada en otros contextos.

 

Del nazismo a hoy

 

Un cartel nazi ironizaba: “La desgrac

ia de Alemania son los judíos y los ciclistas”. En 1925, Hitler publicó Mi lucha; en 1933 llegó al poder; en 1936 se promulgaron las Leyes de Núremberg; en 1938, la Noche de los Cristales Rotos marcó el inicio de la violencia abierta; en 1942 se formalizó la “Solución Final”. La “arianización” implicó la confiscación sistemática de bienes judíos.

 

Películas como The Music Box de Costa-Gavras recuerdan que muchas atrocidades fueron documentadas por los propios verdugos. Durante la guerra, incluso los británicos restringieron la inmigración judía a Palestina. La ambivalencia aliada quedó retratada en Gentleman’s Agreement (1947). En 1943, el muftí Haj Amin al-Husseini colaboró con el nazismo y propuso extender la Solución Final a Palestina, mostrando que la ideología del exterminio no se limitó a Europa.

 

El vínculo islamismo–nazismo

 

El proyecto genocida de Adolf Hitler encontró apoyo en el gran muftí de Jerusalén, Haj Amin al-Husseini. Instalado en Berlín durante la guerra, ofreció colaboración activa con la “Solución Final” y prometió erradicar a los judíos de Palestina con los métodos del Tercer Reich. Su consigna —difundida por radios nazis— llamaba a matar judíos “dondequiera que se los encuentre”. Se fotografió con Hitler y selló alianzas incluso con el líder croata Ante Pavelic. Como subraya Marcos Aguinis, este cruce ideológico no fue episódico sino programático.

 

En contraste, mientras en Israel no existen medios que promuevan el odio contra árabes, en amplios sectores del mundo árabe e islámico la incitación antijudía ha sido recurrente. En Irán, potencia del fundamentalismo islámico desde 1979, consignas como “¡Muerte a Israel!” resonaron incluso en ámbitos parlamentarios. La aspiración a un territorio judenrein —“libre de judíos”— revela la persistencia de consignas de raíz nazi.

 

El negacionismo también cruzó ideologías y fronteras. En Francia, figuras como Jean-Marie Le Pen relativizaron el Holocausto; en Reino Unido, el dramaturgo Jim Allen llegó a acusar a los sionistas de perpetrarlo. En España no faltaron episodios de banalización antisemita, desde expresiones públicas hasta polémicas mediáticas como las del diario El País o hechos ocurridos en la ciudad de León.

 

La nueva izquierda radical alemana también confluyó con el terrorismo árabe: militantes como Ulrike Meinhof participaron en el secuestro de un avión de Air France desviado a Uganda en 1976, donde los rehenes judíos fueron finalmente rescatados por Israel.

 

En el siglo XXI, campañas como el movimiento BDS, impulsado por Omar Barghouti, han sido señaladas por su retórica extrema contra la existencia misma de Israel. Paralelamente, organismos como la Organización de las Naciones Unidas han sido objeto de controversias por el rol y las declaraciones de ciertos delegados.

 

El hilo conductor, más allá de contextos y matices, muestra cómo viejas consignas del nazismo encontraron ecos y resignificaciones en distintos movimientos políticos y religiosos contemporáneos, manteniendo viva una retórica de exclusión que trasciende épocas e ideologías.

 

Esta convergencia no implica identidades absolutas ni uniformidad dentro del mundo islámico o europeo, pero sí revela vasos comunicantes ideológicos: la construcción del judío como enemigo metafísico, conspirador global o encarnación del mal. Esa matriz, elaborada en la Europa cristiana y radicalizada por el nazismo, encontró nuevos lenguajes en el siglo XX: anticolonialismo desviado hacia antisemitismo, retóricas revolucionarias que sustituyeron “raza” por “sionismo”, y discursos religiosos que reactivaron viejas acusaciones con terminología contemporánea.

 

El fenómeno no se limita al Medio Oriente. En universidades occidentales, en foros internacionales y en redes sociales, resurgen consignas que niegan el derecho mismo a la existencia del Estado judío, algo que no se exige a ningún otro país. El paso del “judío” al “sionista” como figura demonizada no siempre modifica la estructura del prejuicio: cambia el significante, pero persiste la lógica de deslegitimación absoluta.

 

A ello se suma el negacionismo o la banalización del Holocausto, que no solo distorsiona la historia sino que prepara el terreno para nuevas formas de hostilidad. La comparación automática, la inversión de víctima y victimario, y la difusión viral de falsedades replican —con tecnología digital— mecanismos clásicos de propaganda.

 

En este contexto, la judeofobia demuestra nuevamente su capacidad de metamorfosis. Ya no necesita uniformes pardos ni discursos explícitamente raciales: puede vestirse de activismo, de retórica académica o de indignación moral selectiva. Sin embargo, su núcleo permanece reconocible: la atribución colectiva de culpa, la deshumanización y la negación del derecho a la igualdad.

 

Comprender este vínculo histórico —del nazismo a ciertos extremismos contemporáneos— no es un ejercicio retórico, sino una advertencia. La historia muestra que cuando el odio se legitima culturalmente, tarde o temprano busca traducirse en acción. Y cuando lo hace, el costo no lo paga solo una minoría, sino la sociedad entera.

 

Ideología y Adoctrinamiento: El Manifiesto de Hamás y la Infancia

 

El análisis de la Carta Fundacional de Hamás y sus mecanismos de comunicación revela una estructura ideológica que no solo busca objetivos políticos, sino la eliminación biológica y la deshumanización total del «otro».

 

  1. La Carta Fundacional de Hamás (1988): Un Manifiesto de Exterminio

 

El documento fundacional de la organización establece una hoja de ruta donde la religión se utiliza como mandato para el genocidio:

El fin de Israel: El preámbulo es explícito: Israel debe ser destruido por el Islam. No hay espacio para la coexistencia.

Mandato escatológico (Art. 7): Se cita el mito de las rocas y los árboles que claman por la muerte del judío, convirtiendo el asesinato en una condición para el «Día del Juicio Final».

Teoría de la conspiración global (Art. 22): Siguiendo la retórica de los falsos Protocolos de los Sabios de Sion, Hamás acusa a los judíos de controlar el dinero y los medios, y de estar detrás de todas las guerras y revoluciones (desde la Francesa hasta la Primera y Segunda Guerra Mundial), utilizando incluso a organizaciones como los masones o el Rotary Club como herramientas de control.

Rechazo a la diplomacia (Art. 13): Las conferencias de paz se califican como una «pérdida de tiempo». La única solución aceptable es la Yihad.

 

  1. El Espejo Nazi

 

Existe un vínculo discursivo directo entre Hamás y la propaganda del Tercer Reich. La retórica de «conquista del mundo» y el imperativo de que el pueblo judío debe ser «exterminado de la faz de la tierra» resuena con la misma ferocidad en los tabloides nazis que en los artículos de la organización fundamentalista.

 

  1. Educación para la Abominación: La Revista Al Fateh

 

El adoctrinamiento comienza en la infancia a través de medios como la revista web Al Fateh («El Conquistador»), que funciona como un manual de odio para niños:

 

Culto al «Martirio»: Se glorifican operaciones suicidas (como el atentado en Haifa de 2002) y se describen de forma explícita y macabra las muertes violentas de los perpetradores como un paso hacia el paraíso.

Deshumanización biológica: Los judíos son calificados sistemáticamente como «cáncer», «criminales cobardes» o «descendientes de simios y cerdos».

Poesía del odio: Se publican poemas que incitan a «matar a todos los judíos con la espada», normalizando la violencia extrema desde la educación básica.

  1. Doble Discurso y Cultura de la Muerte

El análisis se extiende a la dualidad lingüística y la pulsión destructiva de los liderazgos regionales:

 

  • Diferencia idiomática: Figuras como Yaser Arafat alcanzaron cumbres de doble discurso, condenando atentados en inglés mientras los felicitaba en árabe, calificando a las asesinas suicidas como «rosas de nuestra causa». Su objetivo no era la paz, sino la destrucción mediante otros medios.

 

  • La pulsión tanática: Líderes como Hasán Nasrallah (Hezbollah) proclaman abiertamente su «amor por la muerte» frente al amor por la vida de Occidente. Esta necrofilia política emula a las SS nazis y se refleja en la disposición de regímenes como el de Irán a sacrificar millones de vidas propias con tal de aniquilar a la población judía.

 

  1. Desinformación y Testimonios de Resistencia

 

 

El conflicto actual está mediado por una crisis de veracidad:

 

  • La guerra de algoritmos: El uso de trolls, bots y cámaras de eco en redes sociales, sumado a la decadencia de medios tradicionales (BBC, NYT), ha facilitado la propagación de desinformación masiva.

 

  • Citas de Claridad: Intelectuales como Sartre, Sábato y Martin Luther King han advertido que el antisionismo suele ser la máscara moderna del antisemitismo.

 

  • El legado de Golda Meir: Su pensamiento resume la tragedia del conflicto: la paz solo llegará cuando los líderes árabes amen a sus propios hijos más de lo que odian a los judíos. Israel, como frontera de la democracia y la legalidad, enfrenta a un entorno que utiliza a su propia gente como mártires.

La fuente más importante sobre el desarrollo histórico es el libro JUDEOFOBIA de Gustavo Perednik.

 

Apuntes de Janet Rudman

 

Lo que no se ve: el antisemitismo que se cuela en las novelas que leemos

 

¿Te ha pasado que lees una novela y algo te hace ruido? No es el centro de la historia, no es el gran conflicto, pero está ahí: un comentario, un apodo, una referencia que no termina de cerrar.

 

Después del 7 de octubre de 2023, muchas de esas cosas que antes veíamos como «detalles sin importancia» empezaron a leerse distinto. Y quizás sea momento de hablar de eso.

 

El insulto que viaja de generación en generación

 

En Los ingratos de Pedro Simón, ambientada en un pueblito de España, el peor insulto que le pueden decir a alguien es «judío». Lo curioso: en ese pueblo no hay un solo judío. Nunca lo hubo.

 

O sea, el desprecio existe sin que exista el otro. Se hereda. Se transmite. El antisemitismo funciona así muchas veces: como una categoría vacía para señalar al que está mal, al diferente, sin necesidad de que haya un judío cerca.

 

Cuando la postura política se vuelve «lo que se espera»

 

En Gente normal de Sally Rooney, los protagonistas van a marchas pro Palestina. No es el tema del libro, es simplemente algo que hacen. Como parte de su identidad generacional. No se cuestiona, no se discute, se asume como lo correcto.

 

Y la autora después decide que su novela no se traduzca al hebreo ni se publique en Israel, en línea con el boicot cultural. Un dato que suma a la conversación.

 

El médico y «el judío»

 

En Pan de limón con semillas de amapola de Cristina Campos aparece un médico que trabaja en Gaza. La referencia ya arma un marco simbólico. Después aparece un personaje al que señalan como «el judío», un estadounidense del que subrayan su identidad religiosa sin que aporte nada a la historia.

 

¿Para qué está ese dato? Cuando la identidad judía se marca sin necesidad narrativa, deja de ser información y se vuelve etiqueta.

 

El boicot como gesto cultural

 

Annie Ernaux, premio Nobel, apoya el BDS y critica sistemáticamente a Israel. No es problema criticar políticas, ojo. El tema es cuando el boicot cultural apunta a un solo país del mundo y eso se normaliza. La cultura deja de ser puente y se vuelve muro.

 

La paradoja israelí

 

Yishai Sarid es un autor israelí muy crítico con su gobierno. Y curiosamente, esa credencial parece garantizarle un lugar privilegiado en ciertas mesas de novedades. Entonces una se pregunta: ¿se celebra la literatura o se aplaude la disidencia cuando confirma el relato que ya estaba armado?

 

Hace poco vi, en una librería montevideana, una mesa con El monstruo de la memoria, Victoriosa y El poeta de Gaza. Son libros que trabajo en mis talleres, con mis alumnos del grupo de B’nai B’rith. Lo saben bien. Pero cuando los leímos, hace tres años, no estaban en ninguna mesa destacada —ni siquiera en las librerías. Mucho menos en el stand de “imperdibles”.

 

Hoy aparecen alineados, convenientemente, junto a títulos que deslegitiman a Israel. Como si hubiera una curaduría ideológica más que literaria. Porque, digámoslo sin rodeos: criticar a Israel vende. En cambio, si alguien pide un libro de Amos Oz, probablemente haya que ir a rescatarlo de algún depósito polvoriento.

 

Lo mismo pasa con David Grossman, que ha usado términos durísimos como «genocidio» para referirse a políticas de Israel, o Etgar Keret, crítico permanente. Son los israelíes más traducidos, justamente los que más se oponen a su gobierno. ¿Casualidad?

 

El filtro ideológico en las redes

 

Hoy en Bookstagram hay algo que se volvió común: antes de leer un libro, se consulta la posición política del autor sobre Palestina. «¿Apoya el BDS?», «¿Se pronunció sobre Gaza?». La literatura se empieza a evaluar por alineación ideológica, no por calidad narrativa.

 

Entramos en una época donde:

 

Se filtra la lectura por posicionamiento político

Se espera adhesión explícita a ciertas causas

La neutralidad es sospechosa

Defender a Israel implica riesgo reputacional

El silencio puede interpretarse como complicidad

 

 

El caso que duele: Margo Glantz

 

Margo Glantz, intelectual mexicana de 90 años, referente de izquierda durante décadas, fue cuestionada duramente por expresar apoyo a Israel y al pueblo judío. Tuvo que salir de una conferencia porque las manifestaciones pro palestinas ponían en riesgo su integridad.

 

Una mujer de izquierda, con toda una trayectoria, es cancelada no por su obra sino por una postura que no encaja en el consenso actual. La cancelación no distingue trayectorias.

 

Lo mismo pasa con David Grossman, que ha usado términos durísimos como «genocidio» para referirse a políticas de Israel, o Etgar Keret, crítico permanente. Son los israelíes más traducidos, justamente los que más se oponen a su gobierno. ¿Casualidad?

 

Lo que no se ve

Ninguno de estos ejemplos es literatura de odio explícito. No son panfletos. Son microgestos culturales, herencias simbólicas, normalizaciones. Después del 7 de octubre, quedó claro que ciertas matrices estaban más extendidas de lo que parecía.

 

La literatura no crea el antisemitismo, pero lo refleja, lo transmite y a veces lo naturaliza.

Preguntas para hacernos

¿Cuándo una referencia deja de ser neutral?
¿Por qué la identidad judía aparece cuando no es necesaria para la trama?
¿Qué diferencia hay entre crítica política y exclusión cultural?
¿Qué leemos cuando creemos estar leyendo otra cosa?
Quizás la pregunta más incómoda sea: ¿estamos leyendo libros o estamos leyendo posiciones?

Yo, por ejemplo, ya me niego a ir a talleres de escritura donde presiento que, en nombre del arte, se van a usar argumentos «políticamente correctos» para criticar a Israel como parte del temario cultural. Porque cuando la identidad precede al texto, algo se rompe.